Colombia - Jueves, 11 Marzo 2010
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El camino del discernimiento vocacional es apasionante, ya que implica a toda la persona con todas sus facultades y la proyecta hacia el futuro. Es el descubrir que alguien te ama desde toda la eternidad y tiene un proyecto especifico para ti. Es el encuentro con Dios mismo en sus múltiples manifestaciones. Es dejarnos seducir por el Evangelio y el Reino de Dios. Es dolemos por los hermanos y solidarizarnos con ellos. Es iniciar un camino sin retomo, que nos sobre pasa a nuestros cálculos humanos...

Lo primero de la vocación es descubrir a "Cristo como el valor principal de nuestras
vidas", desde nuestros ser bautizados y miembros de la Iglesia, estamos llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo (Aparecida).

El ser cristiano no se comienza por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que es Cristo. Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado (Aparecida 18).


En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio.

La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios.

Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.

En la vocación, no son los discípulos los que escogen al maestro, sino que fue Cristo quien los eligió; ellos no fueron convocados para algo, sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona. Jesús los eligió para "que estuvieran con Él y enviarlos a predicar" (Me 3, 14).

La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano, que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publícanos y pecadores, que acoge a los pequeños y a los niños, que sana a los leprosos, que perdona y libera a la mujer pecadora, que habla con la Samaritana.

Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad. Vivirla en la misión lo lleva al corazón del mundo. Por eso, la santidad no es una fuga hacia el intimismo o hacia el individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo y, mucho menos, una fuga de la realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual.

 

 
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