Colombia - Jueves, 11 Marzo 2010
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Como Congregación Siervos de la Caridad nuestro objetivo en la formación esta en enfatizar primero la vocación religiosa, vivida con identidad y pertenencia en este carisma, desde allí enriquecer el ministerio presbiteral a quien lo elige.


La larga formación se propone la configuración de la persona vocacional con los sentimientos del Hijo, es evidente que este proceso educativo no puede ser sino una verdadera y propia formación para la libertad. La formación no es adquirir conocimientos o comportamientos, sino encontrar tu propia identidad para siempre y en libertad.

Para formar el «corazón» en el sentido bíblico y pleno del término, no hay más camino que el de la libertad. Si el modelo teológico antropológico de referencia es la humanidad de Jesús como expresión máxima de una libertad que se trasciende en el amor.

Al corazón es claro que no se le puede obligar, pero sí se le puede y debe educar para que primero sea capaz de descubrir qué grande es la llamada y qué bella la respuesta, y para que luego tenga fuerza para responder con la libertad con que Cristo respondió al Padre en donación total.

La idea central es que en todas las fases del itinerario clásico educativo hacia la consagración hay que prestar alguna atención desde el punto de vista educativo al problema de la libertad, que primero es... liberada de... todo lo que la ahoga e inhibe (prenoviciado), luego es edificada sobre... un cimiento sólido (noviciado) y finalmente es realizada y orientada según una perspectiva bien definida (postnoviciado). La formación en la libertad se base en el modelo pascual, marcado por las tres fases del triduo: muerte, descenso a los infiernos y resurrección.

Pre-noviciado: libertad «de»


En primer lugar hay que ayudar al joven a tomar conciencia de sus condicionamientos internos, conscientes e inconscientes. Para ser exactos, este proceso tendría que comenzar antes del noviciado, aunque sin tratar de que termine ahí o en un breve periodo de tiempo.

Es importante que el joven entienda cuanto antes que la formación comienza justamente con este costoso proceso de conocerse a sí mismo, de identificar los propios monstruos y de aceptar las propias heridas; es preciso que abandone lo antes posible toda presunción sobre sí mismo y todo tipo de autosuficiencia; que entienda que la formación no es un paseo, sino un duro viaje hacia Jerusalén; que se convenza de que su libertad empieza con el descubrimiento de sus esclavitudes, y de que el hombre maduro es también un hombre herido.

Hay, pues, una muerte que afrontar: la muerte de los sueños de perfección, de la pretensión de ser ya suficientemente buenos y santos, de esa ambición espiritual tan propia de quien comienza el camino y que si no se descubre y se combate a tiempo puede acompañar y entorpecer todo el resto del camino.

Es el momento de la desestructuración, es decir, del cambio estructural y radical, de un modo de verse y obrar. Un momento difícil, pero inevitable, como si hubiera que dar un vuelco total a como se vivía hasta ahora. Tampoco se puede pretender que la liberación siga inmediatamente al conocimiento de las esclavitudes, pero será un indudable signo vocacional la disponibilidad y el coraje de la persona en este viaje al interior del yo, al descubrimiento de lo que en él hay de inmaduro e inconsistente.

Se suele decir que el postulantado termina con la verificación vocacional recíproca y cruzada del llamado y de la institución, y con la decisión de aquél, aceptada por ésta, de iniciar una experiencia específica en la familia religiosa por la que se ha optado. Sería muy deseable, en estos casos, que el objeto de discernimiento y verificación fuera no sólo la correspondencia ideal entre los valores del individuo y de la Congregación, sino también -con más realismo- todo el cúmulo de debilidades e inconsistencias, inmadureces e infantilismos que hacen que la vocación sea menos auténtica, y menos libre la respuesta que se le otorga.

Noviciado: libertad «en»

 


 

Una vez descubierto el falso cimiento sobre el que se ha pretendido edificar la vida, es el momento de echar el cimiento auténtico y de empezar a construir.

Es el tiempo del noviciado, tiempo estratégico para desmantelar las viejas construcciones y construir un nuevo modo de ser, más libre y verdadero. Tiempo espléndido, porque en él debería saltar la chispa del contacto experiencia! con Cristo Jesús como «mi Señor», como el Maestro, el único que tiene palabras de vida y que puede decirme la verdad de mi vida, aquel sin el que vivir no es ya vivir... Tiempo también de lucha, vivida y sufrida en la propia piel, etapa que se vive en una cierta subliminalidad, como dicen los maestros de espiritualidad, porque el hombre viejo aún no ha cedido terreno y el hombre nuevo es aún joven, y quizás también débil e inseguro. Todavía pasa por momentos de dudas y oscuridades, y mientras unas veces se siente sinceramente unido a Cristo, otras experimenta una gran incertidumbre, un gran temor.

Pero, de todos modos, es también un tiempo de profunda resonancia interior. No sólo tiempo de conocimiento, como en la fase precedente, sino de experiencia, de sentir profundamente que ya no puede evitar el cara a cara con aquel que le llama y abre su vida hacia horizontes nuevos que él sería incapaz de imaginar, con aquel que es un misterio y sin el cual todo es un enigma. Es una especie de apuesta al borde de dos abismos que paradójicamente se abren a la vez ante la sorprendida mirada del joven: el abismo ascendente de la intimidad con Dios y el abismo descendente del viaje hacia el infierno, hacia el propio infierno.

A este respecto el noviciado es realmente formativo. Lo decisivo es que el joven empiece a ver que puede edificar su nueva vida y su libertad «en Cristo» y que vea también que ser libre no equivale a ser independiente de todos y no tener ningún vínculo, sino a depender en todo de aquel a quien se ama y por quien se ha sido llamado a amar. Amar, pues, a Cristo significa que nuestros gestos, comportamientos, palabras, deseos, sueños y proyectos tiene que ver con él... Significa vivir partiendo una y otra vez de él. Porque él es la verdadera identidad del joven, porque el joven llega a tener sus mismos sentimientos... Como Pablo: «...ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

Sólo entonces al noviciado logra su objetivo. Pero quizás debemos decir que este noviciado dura toda la vida, que es la estructura que sostiene la experiencia espiritual y la formación permanente.

Post-noviciado: libertad «para»


La mirada se amplía, la mente se abre a nuevos horizontes y el corazón se siente cada vez más atraído. Se ha hecho una opción que ha cambiado la vida, la ha complicado y ha de extenderse a toda la vida y a todos los ámbitos de la personalidad. En la medida en que esta opción es confirmada por la existencia y por las pequeñas y grandes decisiones cotidianas, la libertad se va transformado poco a poco en una gran riqueza de deseos y en la capacidad de asimilarlos a los deseos de Dios.

Pero también aumenta la calidad objetiva de la apuesta, se hace más arriesgada y vertiginosa, porque se llama al corazón del joven no sólo a amar a Dios, sino a amar ¡al estilo de Dios! Y eso no se logra sin una reestructuración, sin un trabajo paciente y continuo de reconstrucción.

La experiencia anterior, el contacto íntimo y profundo con Cristo ha sido algo extraordinario, pero esa experiencia ha de convertirse ahora en sabiduría. En sabiduría de vida, y no sólo en sensaciones y emociones, por vivas y profundas que sean, pero siempre episódicas y parciales. En algo así como un nuevo sistema existencial, con sus parámetros y valores, pero también con sus correspondientes gustos y sabores, tendencias y atracciones.

En este sistema, la experiencia espiritual de la nueva libertad en Cristo es cada vez más constante y total, se sitúa en el centro del yo, dura toda la vida y abarca poco a poco todo lo vivido, dando origen a un nuevo modo de ser y obrar, de amar y sufrir. Es la libertad de ser pobre, casto y obediente; la capacidad de disfrutar del lujo de ser siervo, de lavar los pies a los otros sin sentirse humillados; la comprensión como bienaventuranza de la dulzura, de la pobreza de espíritu y de la pureza de corazón.

Este es el auténtico hombre nuevo, al que el padre da un nombre nuevo. Este es el hombre que, como dice también la exhortación citando a san Agustín, puede y debe decir no sólo que es de Cristo, sino que «se ha hecho Cristo».

 
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